Palabras sobre la verdad o cómo leer las crónicas del derrumbe soviético

30 de Abril de 2015 | 

Compilación de razones rescatadas a veinte años de acontecimientos terribles en la URSS, a propósito del libro libro «Crónicas del derrumbe soviético. El viaje del corresponsal de Granma 1990-1992»

Por Pedro Prada


Por razones de mi primera vida, me gradué orgullosamente de periodismo en la Unión Soviética estancada, pero en una escuela que no sé bien si, por conservar parte de la pureza de las primeras escuelas de comisarios rojos, o por la influencia de la cercana frontera occidental, me permitió estudiar las ideas del socialismo en sus clásicos y en sus polémicas, y no en manuales.

 

Por razones de esa misma vida, descubrí lo poco que sabía del socialismo y de las revoluciones, cubriendo como corresponsal las guerras de Nicaragua y Angola. De aquellos revolcones existenciales nacieron reflexiones y credos que aún hoy me acompañan y definen.

 

Por razones de mi otra vida, supe pronto que la verdad solía ser esquiva, y había que buscarla en muchos y contradictorios lugares. Anduve en los últimos años y hasta no hace mucho por el Pulgarcito de América, y allí leí a fondo al poeta y revolucionario Roque Dalton, que escribió en un verso lapidario:

 

¡Ay de los que creen que porque la verdad es concreta
ella es solo como una piedra, como un bloque de hormigón
o un ladrillo!


Este libro sobre cómo se derrumbó el socialismo en la Unión Soviética pretende ser eso: una de las muchas verdades concretas, dialéctica, poliédrica, polisémica. Una verdad-collage. Incluso, una verdad cubana, si bien no la única. Empezó a escribirse en 1993, recién llegado de Moscú, cuando las heridas sangraban y el dolor atormentaba. Aquellas líneas, más que reflexión, escupían amargura, y como juicios, no merecían ser publicadas ni leídas.

 

Hay ante todo cuatro personas a las que debo las sacudidas necesarias que me permitieron liberarme, para reescribirlo. El primero fue el general de división Ulises Rosales del Toro. El segundo fue José Ramón Balaguer Cabrera. De ambos guardo unas telegráficas notas manuscritas que fueron brújula durante todos estos años de lecturas e interpretación de apuntes, memorias y publicaciones.  El tercero no está más, y a él va dedicado el libro, porque con su impenitente agudeza me dio las claves interpretativas. El periodista Guillermo Cabrera Álvarez me recordó el retozo con mi apellido con que me despidió camino de Moscú, en 1990: “nunca te olvides que eres Pedro Pravda”, y pravda quiere decir verdad en ruso. La cuarta persona anda sentada por ahí, censora feroz de todos mis desvaríos y musa de todos mis aciertos.

 

Gratitudes principales dichas –porque son muchas más, incluidas las que aún debemos al pueblo soviético-, vuelvo al DERRUMBE…  En todos estos años de trabajo, mientras más leía a los detractores del socialismo, más me convencía de la necesidad de rescatar lo vivido. Desde la academia y el periodismo, hasta la literatura, convive entre nosotros una narrativa apocalíptica de la tragedia y múltiples interpretaciones sobre sus causas. Hay cierta tendencia a mistificar (demonizando o absolviendo por igual) al zarismo, el leninismo, el estalinismo, el trotskismo, el gulag, la traición final, todas como sublimaciones miméticas que se reproducen más allá del tiempo y las fronteras, como provocando la vergüenza y el arrepentimiento ajenos, mientras nos consideran delirantes vestigios de una moda pasada y nos preguntan por qué nos hacemos los “necios” y queremos “seguir jugando a lo perdido”.

 

El caso es que con los testimonios lúcidos, imprescindibles y aleccionadores, convive la superficialidad de muchas de las historias que nos han contado del derrumbe soviético, tan truncas como el pensamiento de muchos de sus protagonistas. Ello ha llevado a que algunos asuman la inevitabilidad del derrumbe propio, con idéntico mimetismo al que antes asumieron la economía planificada sin déficits presupuestarios, o la ficción del comunismo científico, de modo que lo que “allá” se cayó, es lo mismo que se puede (o debe) caer aquí.

 

En unos y otros abunda la pereza del músculo gris, incapaz de producir pensamiento propio, como el caso de una profesora de la Academia del PCUS a quien conocí, y que negaba a Marx y a Roudelle, mientras rogaba a los socialdemócratas europeos que le dieran respuestas para sus males, que ella era incapaz de encontrar.

 

En aquellos años, en mi corresponsalía de Granma en Moscú, cada vez que veía desplomarse los pedazos del edificio soviético, descubría que aquellas grietas, cerrazones y escombros no eran los míos. Y no es que “mi” edificio fuera una joya de la arquitectura,  pero créanme que después de haberla vivido como su hijo –y chovinismos aparte-, como revolución, la cubana ha sido ejemplar, tan ejemplar que, ni siquiera han podido barrer con ella sus propias distorsiones y errores, por fortuna, ni estratégicos, ni esenciales, pero bien amenazantes si nos retrasamos en superarlos.

 

La primera pregunta que siempre me hacían al regreso era para confirmar que el derrumbe había sido consecuencia de un plan perverso del imperialismo. Sin renunciar a la idea de la conspiración subversiva, yo me negaba a la respuesta cómoda, aburriendo con disquisiciones sobre el papel de la vanguardia, sobre los límites de la democracia socialista soviética y el lugar de la sociedad civil, sobre la libertad, los derechos, la cultura, la información. En los mayores alardes, incursionaba hasta en temas de economía, pues me había convencido ya que en el trabajo y sus resultados estaban todas las claves. Combinación de factores, insistía, explicaba, y me miraban con extrañeza, y algunos hasta con desconfianza.

 

Afortunadamente, Fidel contribuyó a poner las cosas en su lugar la noche del 17 de noviembre de 2005, cuando desde el Aula Magna de la Universidad, proclamó que no sabíamos qué cosa era el socialismo y que, si este se caía en Cuba, sería por nuestra responsabilidad. Entonces todo resultó más sencillo de explicar. No obstante, reescribiendo este libro, de nuevo tropecé con la filosofía escolástica, que no veía en la eticidad y la sensibilidad de Félix Varela y José Martí, en su equilibrio entre razón y corazón –como los llamó Cintio Vitier-, la clave moral de nuestra salvación, incluso en aquellas etapas que hoy pudieran calificarse como las más grises.

 

Hago estas explicaciones porque uno de los propósitos implícitos del libro es contraponer a la historia de los hechos soviéticos la perspectiva crítica de socialistas insuficientemente estudiados entre nosotros, empezando por Trotski y Gramsci, o de cubanos universales como el propio Martí, el Che, Fidel o Raúl, y recordarnos episodios de nuestra historia del último medio siglo, que a veces olvidamos, o que aún no hemos contado lo suficiente.

 

Fernando Rojas, en el prólogo, afirma, con benevolencia, que hago un guiño a la realidad cubana para advertir lo que no nos puede ocurrir. Les confieso que, sin muchas pretensiones, me centré, con alevosía y premeditación, en describir lo que, desde mi punto de vista, fue la célula cancerígena primigenia del colapso: el secuestro del socialismo a manos de la burocracia. Lo demás fue metástasis.

 

Por supuesto: se conocerán muchos más fenómenos que tributaron a la destrucción y desmontaje de esas formidables estructuras política y militar que fueron el Partido Comunista de la Unión Soviética y el Ejército Rojo. Y con ellos, la entrega paulatina del poder, la rendición negociada, la ruptura del balance mundial de fuerzas, la humillación nacional, la destrucción de la historia y la cultura, y con ellas, la identidad y la dignidad nacional soviéticos.

 

Cuando lleguen al final y se tropiecen con una arriesgada paráfrasis de El socialismo y el hombre en Cuba, leída como Cuba en el socialismo y el hombre; es decir, qué aportó Cuba al socialismo y al desarrollo de sus mujeres y hombres, que no estuvo presente en la URSS, y que debemos preservar acá, entenderán que apenas me he atrevido a ofrecer acertijos para, entre todos, mantener, encontrar, reencontrar, o reemprender el rumbo y seguir navegando nuestra aventura única por los mares procelosos del tiempo, en una época de nuevas zanahorias y garrotes, donde todo dependerá de quién venza dentro de nuestra cabeza y nuestro pecho.

 

Las CRONICAS… son en realidad una trilogía. Este volumen es sobre el pensar. Otro, sintetiza lo que Granma publicó en aquellos años, para que los jóvenes ponderen mejor los mitos de la censura en nuestra prensa. Y hay un tercer volumen, que ya está en preparación, de donde extraigo un breve contrapunteo de realidades, llamado Conceptos, que hoy les adelanto en exclusiva:

 

Andrei Kudriatsev pilotea un AN-26. Lo hace casi a diario en las trazas aéreas militares del Lejano Oriente ruso. Todos los días ve a Japón entre las nubes y desea refugiarse en su hogar de Jabarovsk, donde un bebé lo espera. Antes estuvo al timón de un SU-27 y hasta fue número en Afganistán del piloto de combate Alexander Rutskoi, entonces defenestrado vicepresidente del país.

De flaco es casi escuálido. Tiene grandes cicatrices en el cuello y la base del cráneo de las heridas recibidas al catapultearse. Y tiene una herida muy honda y que no cicatriza en el corazón.

Fue en un cerco… “los mojahidines tenían rodeados como a cien muchachos nuestros. Nos dieron la orden de impedir a toda costa su captura. Héroes sí, prisioneros no. El que se negara a cumplir la orden le aplicaban el reglamento de tiempo de guerra. Ya sabes… Fui, cerré los ojos y tiré los cohetes…”

Andrei llora amargamente, tiembla encogido con el cigarro entre los dedos y apura de un golpe un vaso de alcohol. Levanta los ojos y dice: “los muchachos pensaban que íbamos a apoyarlos”… ¡hasta los veía haciendo señas con los brazos!… y las lágrimas vuelven a ahogarlo…

…Fuentes está agotado. Lleva cercado varios días, sin agua ni alimentos. La UNITA y el ejército sudafricano han lanzado sobre la 32 brigada de infantería angolana de Cangamba todas sus fuerzas. Noventa y un cubanos se baten en espera de los refuerzos que tratan de abrirse paso a través de una feroz cortina de balas.

La moral no ha decaído, pero la sitiada plaza de varios kilómetros cuadrados, donde los cubanos con sus muertos y heridos batallan, se ha reducido al espacio de un terreno de fútbol. Los propios angolanos, alentados por la hombrada isleña, comparten trincheras y destino. La presión de los agresores es enorme cuando se escucha un ronroneo familiar y, seguido, unos truenos:

Los MiG 21 pasan sobre ellos banqueando las alas en saludo. Les siguen helicópteros y aviones AN-26. Las balas silban en torno al fuselaje y lo perforan. Nadie tiembla. Trepan luego y se lanzan unos en picada a descargar sus proyectiles del otro lado. Los otros bombardean. Disminuye la intensidad del asedio y los helicópteros logran entrar y dejan caer bultos con municiones y alimentos.

En uno de ellos viaja una carta de angustia y esperanza que Fuentes copia con los ojos llenos de lágrimas y que los soldados se la disputan cuando conocen quién la firma: “…no están solos. Les prometo que, cueste lo que cueste, no los vamos a abandonar… Fidel”.

…El oficial ruso –aún soviético- apaga el cigarro contra el cenicero, se traga el último sorbo de alcohol, seca con la manga de la chaqueta las lágrimas del rostro y dice: “¿me comprendes, periodista?”.


Estos conceptos contrastados los tuve presentes recién, cuando leía un viejo documento de seguridad nacional estadounidense, de hace más de 40 años, que parece escrito hoy, y que afirmaba: “…La defensa de la democracia, la libertad, de la propiedad privada y la familia implica una guerra permanente y total… Las formas de esta guerra cambian de acuerdo a cada etapa… Al énfasis en lo militar sucede el énfasis en lo político o lo propagandístico para luego volver al énfasis en lo militar definitorio. Lo importante es comprender que esta guerra continuará hasta la destrucción total del adversario como tal (lo cual no necesariamente es sinónimo de destrucción física), puesto que se trata de la guerra de la verdad. Y la verdad no puede existir con el error, tiene que destruirlo, ya que su propia existencia significa la negación profunda del error…”

 

El “error” somos nosotros, los comunistas, los revolucionarios, los antisistema, los contracorriente. La guerra, para los pacifistas que no creen en ella, la proclaman ellos, pero la previó José Martí hace más de un siglo: es de pensamiento, y por tanto, a pensamiento ha de ganarse. Para que una revolución verdadera prevalezca, debe saber defenderse. Esa es otra verdad innegable de Lenin.

 

Solo una cosa me queda por desear a todos los que tengan la paciencia de la lectura: que la indignación, la reflexión o la inspiración que le proporcionen estas memorias del corresponsal de Granma puedan verse convertidas en razones y acciones, como las que vi desplegar hace unos días a hijas e hijos gallardos de nuestra tierra, en un desafío inédito, frente a las trampas del Imperio, la OEA y sus mercenarios, en Panamá. Nadie puede venir a dar lecciones de prosperidad y empoderamiento a un pueblo soberano que se tomó en serio el poder, y que ha luchado heroicamente más de medio siglo por su bienestar y el de toda su especie.

Tomado de Cubadebate



Noticias y reseñas

Enlaces